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Mostrando las entradas etiquetadas como majarishi

Semillas de meditación 3

Eternidades   Los humanos buscamos eternizar todo lo qu e produce el placer . Soñamos con sumergirnos en esa Eternidad plena para siempre. ¿ Pero, qué tipo de placer sería, si sólo es eso, un punto infinito e inamovible que flota en la nada ? ¿ Es sólo un suspenso quieto ? ¿ O es algo tranquilo, sin altos ni bajos, algo pleno en todo simultáneamente ? La Eternidad ES. No puede ni crecer ni menguar . Solo existe, mientras todo respira, comienza y termina en ella. ¿La Eternidad es inmutable,   siendo siempre igual a sí misma? ¿Todo aquello que sucede en nuestro lapso de tiempo es parte de Su totalidad? ¿ Transcurre en Ella, Ella lo genera o solamente lo contiene ¿Pare la Eternidad momentos nuevos o viajamos a su través para encontrarlos?   Nada de lo que La Fuente crea, lo hace para siempre, nada comienza fuera de ella, La Fuente es la misma Eternidad. ¿Qué es la Eternidad ? ¿Podemos comprenderl...

Semillas de meditación 2

El vaivén La vida oscila hacia un lado y hacia el otro. Cuanto más avanza hacia un lado, tanto más va hacia el otro. De esa manera su oscilación nos equilibra. Para que la vida continúe en movimiento, necesita un impulso, una idea. Si detenemos un impulso, detenemos también la oscilación hacia el otro lado. Sin embargo, es suficiente detener uno solo, para cristalizarnos en el tiempo. La oscilación de la vida es una desviación del centro, independientemente del lado hacia el cual vaya. Todo vaivén se ha movido de manera equidistante de su centro haciéndonos crecer. En el centro, la oscilación hacia ambos lados se acaba por un instante. En el centro el avance queda, se detiene. ¿Finalmente, qué logramos con este pendular, con esta oscilación? ¿Acaso al final cada ciclo no retorna al centro? ¿Qué queda de su huida del centro? La búsqueda de la Sabiduría. Más lejos y por más tiempo no va que nuestra vida sobre el planeta. Así es final...

SÓLO ÁMENME escribe: Gustavo Fernández

Era el último año de la irrepetible década de los ’60 y en este bizarro universo espiritualista rutilaba fugazmente como meteorito errático Su Divina Gracia Brapunavanda A.C. (en el escuálido par de notuelas que alcancé a leer sobre sus quince minutos de fama —nunca mejor empleada la expresión— jamás se aclaró qué diablos significaba A.C., aunque el morocho de bigote a lo Clark Gable y pícara mirada no parecía de los tiempos de Antes de Cristo). Era, obvio, un indio, vaya a saberse si hindú, arribado a las costas de California (¡nada menos!) como uno más del incesante desfile de gurúes, maharijis, maestros y fakires importados de Oriente en esos tiempos. Pero el tipo la tenía clara. No se embarcaba en teológicas y metafísicas discusiones con Timothy Leary o Baba Ram Das en la TV yankee de costa a costa. Para qué; uno terminaba nervioso, transpirando y en ocasiones, mal parado. No trataba de vender en la calle, en conferencias o en ashrams sus libros hediondos de patchouli, ni sermoneab...